17 septiembre 2009

El juicio final


Estoy congelada. Hace como dos horas que espero. La vieja, como siempre, rompiendo. Van tres mensajes que me manda al celular. Como si yo lo hiciese de gusto. Por suerte no ligué nada mal y soy la segunda en la fila. Ya tienen que estar por abrir. Para no morirme de frío doy pasos para adelante y atrás, cortitos y medio a los saltos. Además, las manos metidas hasta el fondo de los bolsillos, el cuello de la campera subido todo lo que se puede y el gorro a la mitad de las orejas.
El tipo de adelante, en vez de estar mirando la puerta, se recostó y se puso frente a mí. La espalda diminuta se apoya en la pared gris, descascarada. Entre las piernas sostiene una matera negra bastante desvencijada, de la que se asoma una bolsa de nylon. Me busca tema de charla una y otra vez. ¡Qué tipo tan gil! ¿No pensará callarse más? Nomás por no desubicarme, le voy diciendo que si, que no y alguna otra cosa. Una cabeza chiquita casi le desaparece escondida en la bufanda marrón, y una barba mal cortada le salpica la cara por pedazos. Tiene más pinta de desgraciado que yo, pero el tipo ni parece darse cuenta.
Cuando está por terminarse mi paciencia, se abre la puerta pesada de madera. Sale una funcionaria, con una carpeta gruesa en las manos. Parece una tortuga, una tortuga vieja, encima. Tiene que pegarse el papel a la nariz para poder ver algo. Arranca a leer los nombres, tranquila, como sin darse cuenta de que estamos todos podridos y cansados.
-Rodríguez, Juan Carlos –dice, con voz gangosa. El tipo de la bufandita, creyéndose muy vivo, por lo visto, se señala el pecho y me guiña un ojo.
La mujer sigue.
-Gutiérrez, Analía –dice ahora y avanzo hasta la puerta.

-Ligamos, parece –me dice el flacucho, como si nos hubiésemos sacado el Cinco de Oro o algo así.
-Parece –digo, hasta con un poco de envidia de la ilusión que tiene el tipo este.
La tortuga vieja termina de decir un par de nombres más y marchamos los cuatro, siguiéndola por un pasillo largo, e increíblemente casi igual de helado que la calle. Nos va señalando las puertas, sin volver a dirigirnos la palabra. Me toca el cuatro. Empieza a sonar mi celular y sacudirse adentro del bolsillo. Otra vez la vieja. ¡Por favor! Lo dejo en silencio, sin atender y me meto en la habitación.
-¿Cómo estás, Analía? –me saluda la abogada. Es obvio que se quiere hacer la que se acuerda de mí. Se nota a la legua que mira mi nombre de reojo en el expediente.
Me desplomo en una silla blanca de plástico que hay al otro lado de un escritorio como de hace mil años, metálico, seguramente frío. Hay una estufa eléctrica chiquitita, a la que por lo visto se le quemó uno de los tubos y que no llega ni a hacerle cosquillas a la humedad imposible de estas oficinas monstruosas.
La doctora no se anda con mucha vuelta. El tiempo no es demasiado, claro. Me canta la justa en dos segundos. Ahora es bien poco lo que se puede hacer, me dice. Nada, pienso para mis adentros.
-Trabajando en negro no es fácil ¿sabés? –me explica como si yo fuese medio abombada. –Lo que tenemos que hacer es ir contra los padres, y hacerles la retención a ellos. En principio, les enviamos una citación a la casa…
Me dice todo esto con una bic azul en la mano, apoyada en una hoja en blanco, esperando que le pase los datos. ¿Esta tipa habrá nacido en un bollón?
-¡Y yo qué voy a saber la dirección de la vieja! –le digo, ya incapaz de seguir amontonando la calentura.
La mina sigue igual, la lapicera en la mano, esperando. Nomás con mirarle el pelo ya te das cuenta de que no va a entender nada. El brushing inmaculado, la tinta cubriendo cada posible raíz, y un brillo en el que rebota la luz de la lamparita que cuelga del techo.
-No la sé –le digo, sin fuerzas ni para seguir calentándome, y menos para explicarle cómo es la cosa.
-Sin la dirección nos va a ser imposible mover nada ¿sabés? –me dice, con un tonito de mamá preocupada, que seguramente alguien le recomendó usar cuando trabaja con pobres.
-Entiendo –digo, con un nudo de llanto y bronca que se forma otra vez entre mi pecho y mi estómago. Encima la imagen del Negro patinándose la guita de las changas con esa gorda desteñida que anda ahora.
-No te preocupes, la conseguís y me la traes el martes que viene ¿quedamos así? –me tira, obviamente dando por terminada la conversación y mi tiempo correspondiente.
Claro, nada más volver a convencer a la vieja de quedarse con los gurises, conseguir la guita de los boletos, el plantón congelada y la ridiculez de poder ubicar a mi ex suegra. ¡De poder sacarle un mango a esa vieja alcahueta! Me entran ganas de cagarme de risa en la cara de la rubia esta que no entiende nada de nada.
-Gracias –le digo en cambio y le doy la mano sin fuerza.
Me paro y voy hasta la puerta. En el pasillo, impaciente por entrar, hay una mina, con un bebito diminuto en brazos, envuelto en dos frazadas a cuadros. Ella dobla las rodillas una y otra vez, hamacándose, mientras escucho su “shhh, shhh, vamos a dormir…”. Es flaquita. Tendrá diecinueve años, con suerte.
Le paso por al lado y le doy una palmadita en el hombro.
-Suerte, flaca –le digo, sin pensarlo mucho.
Camino de vuelta por el pasillo hasta la puerta. El bolsillo empieza a bailar. Otra vez mamá. Sin ninguna gana, atiendo.
-Anita ¿cómo te fue? –me dice, con un ridículo tono de feliz cumpleaños.
-Todo bien, mamá, todo bien –le digo –después te explico.
Salgo a la calle, otra vez. Las monedas en el bolsillo de atrás del vaquero. El tipo de la bufanda está parado, como un marco de puerta. Ahora la matera le cuelga del hombro y sostiene la bolsa de nylon en la mano.
-¿Te tomás unos mates con unos bizcochos en la plaza? –me pregunta, como dándolo por sentado. En los ojos ya no le veo esa cara de gil ilusionado. Me hace acordar al Jonathan cuando se enteró que Papá Noel no existía.
Pienso en la vieja esperando. En cruzar los dedos para que la tos de Natalie esta noche nos deje dormir un rato. En la dirección de mierda que no voy a conseguir nunca.
-Me tomo –le digo y subimos caminando, rumbo a la Plaza Libertad.

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