Hoy las cuadras de 18 de julio se deslizan bajo mis pies como en una cinta eléctrica, y avanzo sin el clásico esfuerzo de seis de la tarde. Otras caras apuradas me devuelven la misma ansiedad por el fin de semana, por un pedacito de calma, una trampa a la rutina.
Entretengo mi mirada en la plaza. Las luces se prenden de la nada. Los viejitos esparcidos entre los bancos empiezan a moverse, como alertados de la inminente llegada de la noche.
Las luces de los semáforos parecen haber decidido acompañarme hoy. Verde. Un pie y luego el otro bajan a la calle. Un fiat gris con intenciones de doblar. Sigo el paso. Como en cámara lenta pero en un segundo, el auto y yo empezamos a fundirnos. Voy ridículamente haciendo una vuelta carnero sobre el capó del auto. No termino de creérmelo. El piso ahí. Nada que hacerle. Entonces el golpe. Seco. Manos, pera y rodillas estrellándose en un instante. Pavimento, cordón y baldosas de la vereda es lo único que me espera del otro lado.
Me pongo en pie como un resorte. Un gusto amargo rebota entre mi lengua y mis dientes. El estómago pelea por salirse, amaga subir y estrellarse también contra la calle.
La gente empieza a amontonarse. Son pequeños racimos acá y allá. Señoras solícitas salen de todos lados ofreciéndome ayuda. Pañuelos de papel. Teléfonos. Testigos para mi denuncia. Que me siente. Un vaso de agua.
Como una corriente eléctrica puedo sentir las moléculas de adrenalina viajando por mi sangre. Preparadas, listas. Agarro uno de los pañuelos que salen de todas partes. Sin mucho éxito intento limpiar la sangre que aparece desde mi nariz y boca. Bajo los ojos. Las rodillas también rojas asomándose entre las medias hechas tiritas. Raspadas, golpeadas. Sin embargo el dolor aún no llega. Si la bronca.
El auto sigue ahí. Parado. Quizá recordando, bastante tarde, el significado de la luz verde. La preferencia del peatón. Desde la ventana abierta lo veo. Más de ochenta años. Arrugas entreveradas con más arrugas esconden una cara. Unos ojos diminutos, dos pasas de uva. Y la cara de susto. De inútil. De miope.
Pienso en el barco. El pasaje en mi mochila. Un fin de semana entero después de tres meses. La bronca va inflándome. Doy tres zancadas hasta el auto. Desoigo esas abuelas y madres improvisadas que recomiendan a coro quietud, esperar un médico, llamar a un familiar, hacer una denuncia, tomar café…
Quién sabe cuanto tiempo esperar ahora para otro reencuentro. Seguramente mucho más. Otra vez su familia. Otra vez la paciencia, guardar el secreto, quedar a escondidas.
El tipo sigue ahí. Con una mano tembleque quiere abrir la puerta.
-Disculpame nena, no te vi, no te vi… –le oigo decir y repetir como un tarado.
-Disculpame nena, pero me tengo que volver, vos sabés- tres meses antes. La semanita de turismo que se pasó volando. Casi sin darme cuenta. Y Federico otra vez yéndose… Y ahí yo, la espera, la comprensión…
-¡Disculpame una mierda!- le escupo al viejo, entre los coágulos que empiezan a forrar mi boca.
Mis manos se vuelven piedras. Piedras que llueven con fuerza, con bronca, una atrás de la otra, sin tregua, sobre el techo del auto. Ahora la sangre se entrevera con mis lágrimas. La furia se vuelve tristeza.
Un par de brazos enormes me agarran de atrás.
-¡Pará flaca, pará, que lo vas a matar de un infarto al pobre viejo! –escucho a un tipo decir a mis espaldas.
Una sirena se abre camino entre el apuro de viernes. Entre los pájaros de la plaza que se van yendo. Mi cuerpo se afloja. Me dejo llevar por la firmeza de esos brazos.


0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada