24 octubre 2009

El corazón estridente

Su corazón seguía en constante desequilibrio. Se maldijo internamente por su estúpida idea de curiosear justo en ese momento. Supuso, esperanzado, que de inmediato alguien se daría cuenta de la situación y le pondría fin.
A sus ojos no les quedó más remedio que acostumbrarse a aquella luz interminable, que surgiendo de un par de lámparas bañaba su cuerpo y el resto de la habitación. Blanco y rojo lo rodeaban. Como imantados, sus ojos se mantenían fijos en el movimiento viscoso, desacompasado de su corazón. Podía observarlo con cierta dificultad entre la masa de músculos, tendones o lo que aquello cubierto de sangre fuese. Los movimientos apresurados, resultaban casi torpes.
Un olor penetrante lo abarcaba todo. Observó a su alrededor. Cinco personas, rojo y blanco otra vez, se movían entre mesas, recipientes y un mar de objetos metálicos en los que la luz reverberaba de una forma insoportable. Un hombre, desde lo alto, de pie frente a él, lo observaba. El Doctor Álvarez, creyó recordar, amagando un imposible saludo. El médico fruncía alternativamente sus cejas, mientras revolvía sus entrañas, valiéndose para ello de un objeto metálico, punzante, de aspecto temible. A pesar de lo amenazante de aquel entrevero, su cuerpo parecía no acusar recibo, y por fortuna no fue invadido del interminable batallón de dolor que imaginó.
Quién dio muestras mas que evidentes de percibir el golpe, fue su corazón, agitándose ahora en un desequilibrio absoluto. Parecía como si en un salto, aquella masa informe pudiese emerger de su cuerpo y abandonar la habitación, rebotando con fuerza sobre las baldosas relucientes.
Un manto de pequeños pliegues recorría ahora toda la piel del rostro del Doctor, la frente atravesada por tres renglones, los ojos casi cerrados haciendo un esfuerzo evidente. La sangre se había agolpado en su cara. Lejos iba quedando aquella imagen algo apática, casi solemne, que lo recibiese hace ya un mes en su consultorio.
Pudo divisar una gota de transpiración deslizarse, recorriendo su rostro. Parecía agigantarse con el movimiento de la caída. Como en cámara lenta, abandonó el mentón y recorrió la corta distancia que los separaba. Esa gota enorme, caliente y decidida, atravesaba ahora sus entrañas, colándose por los intersticios de su corazón.
Aliviado, observó cómo en un instante la estridencia se apagaba. Una manta blanca lo cubrió por completo, alejándolo de la intensidad lastimosa de aquellas luces.

2 comentarios:

Laurel dijo...

Immpresionante.
Fuerte.

suequi dijo...

Uy... qué impresionante lo contado acá, la gota de transpiración cayendo... me impactó!!
MB !

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