21 noviembre 2009

Lo de Ruben


Subimos al auto con papá y Laura. Vamos las dos envueltas en bufandas, camperas y guantes. Pongo sobre la falda un par de libros, envueltos en una bolsa. Siento la dureza de las tapas sobre las piernas.

De a poquito voy entrando en calor. Pego la nariz a la ventana y miro a la gente caminando, apurada por el frío. Después de un buen rato de andar, papá estaciona el auto. Bajamos. La calle es muy gris. Bien distinta a nuestro barrio. Laura agarra la bolsa con los libros y caminamos muy decididas detrás de papá. Yo quería que nos pusiésemos de acuerdo antes, pero Laura me convenció de que es mejor decidir cuando veamos bien qué hay. Al final opté por hacerle caso. Después de todo, ella ya sabe cómo funciona esto.

Papá abre la puerta y unas campanitas anuncian nuestra entrada. El olor a papel se mezcla con el que larga una estufa bien cerquita de un señor que nos mira desde atrás del mostrador. Es un mostrador de madera enorme, con algunas revistas y libros desordenados, esperando que alguien los lleve a su lugar.

Laura deja con cuidado nuestros libros al lado de los que papá pone en el mostrador. El señor es viejo y no muy simpático. Más bien parece no importarle mucho que estemos acá. Saca un lápiz que tenía entre la oreja y la cabeza y busca un pedazo de hoja entre un revoltijo de papeles. Con unas manos enormes y como arrugadas, abre una a una, la tapa de cada libro. Con una velocidad increíble, hace lo mismo con todos y anota los números en el papelito. Finalmente, pasa raya, hace la cuenta y pone un garabato.

Deja el papel en el mostrador y señala con la cabeza hacia adentro. Con ese permiso, recién me doy cuenta de los callejones de estanterías que nos esperan a pocos pasos. Papá guarda el papelito en la billetera y me apoya una mano en la espalda. Avanzo curiosa, mientras abro el cierre de la campera porque acá adentro está mucho más calentito.

El piso de madera chirría un poco cuando vamos caminando. Hay unas cuantas personas perdidas en un laberinto de libros y nadie ni levanta los ojos de las páginas abiertas. Para donde mire, hay lomos de todos colores, algunos muy viejos y con letras doradas, otros brillosos, gordos, enormes, o flacuchas revistas. Laura sabe a dónde va y se separa unos centímetros. Papá se queda entre un par de estanterías, pero ella sigue. Lo miro, y ya está con un libro entre las manos, con la cabeza me señala hacia Laura. Doy un par de saltos y la alcanzo. Seguimos entre paredes de libros hasta llegar a un rincón. Empiezo a mirar los lomos, cantidad de libros, colecciones enteras de Enid Blyton que ni conozco.

Laura se acuclilla y empieza a inspeccionar con cuidado un estante. Yo miro desde lejos, pero veo que ella ya tiene uno en la mano. Nadie viene a decir nada. Laura observa el libro y vuelve a guardarlo, saca otro. Me acerco un poco más al estante que tengo enfrente y también yo saco con cuidado uno de los libros.

-Papá dijo que eligiésemos dos cada una –dice Laura –pero mejor vamos a elegir los cuatro entre las dos ¿no te parece? –y me alcanza el que había estado mirando.

Lo inspecciono sin tener muy claro qué tengo que mirar. De “Los cuatro aventureros”. No leí ninguno. Me gusta la tapa. ¿En qué más me fijo?

-Si, está bien –le digo, y le doy el que yo había estado mirando.

Mira el libro y al instante vuelve al rincón que yo revisaba. Saca el de al lado y me lo da.

-Bueno, pero entonces también llevamos este otro que es el primero de la serie –dice con autoridad.

Tomo los tres libros entre los brazos y la dejo seguir buscando. Mis ojos vuelan entre los lomos, imaginando los personajes y las aventuras que pueden esconderse entre tantas hojas.

Volvemos triunfales, con un libro bajo cada brazo. Papá tiene una pila entre las manos y nos espera en el mostrador.

Otra vez lo mismo. El señor que mira los numeritos y anota. Otro papelucho. Papá saca la billetera y le da el anterior. Después un par de billetes para la diferencia. El hombre nos estira una bolsa sobre el mostrador. Papá y Laura empiezan a meter los libros. Me apuro y rescato el de los Cuatro aventureros en la isla.

-Cante primi –le digo a Laura, que me mira sin mayor interés.

Volvemos al frío por unos segundos. Entro al auto y me tiro en el asiento, arrebujada en la bufanda. Pongo la tapa dura sobre la falda y lo abro. Letra por letra empiezo a conocerlos…


Foto: http://www.flickr.com/photos/nene56/3881880441/

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