
Mauricio me echó de su casa sin darme una explicación. Un día, como de la nada, puso punto final a nuestra convivencia.
Yo pasé toda esa tarde tirada en su cama, mirando las copas de los árboles estirarse con el viento y la lluvia sacudirse contra los vidrios. Cuando me atacó el hambre, me envolví en el acolchado e hice una excursión hasta la heladera. Lo más tentador que encontré fue la pizza de la noche anterior que calenté en el microondas. Había elegido unos cuantos discos, el acompañamiento perfecto para la comida y la tormenta. Devoré la pizza en dos segundos Como testigo de mi festín, quedaron unos cuantos bordes desparramados en servilletas en el piso, confundiéndose entre las tapas de los cds. Busqué ganas, que no encontré, de levantarme, ducharme y ordenar todo. Mi refugio resultaba demasiado tentador.
De pronto, sentí la llave girar en la puerta de calle con inusitada violencia. Un día complicado, imaginé. Seguramente la lluvia y la moto no habrían favorecido, precisamente, una buena jornada de trabajo. Mauricio apareció en el cuarto, ensopado y con el casco aún colgando del brazo. Me estiré en la cama, adoptando aquella pose de gata perezosa, con la que tantas veces se había embelesado. Se mantuvo de pie, duro, los ojos haciendo una recorrida satelital al cuarto, deteniéndose en el desorden del piso. Después, sus ojos se fijaron en mi con un desprecio acumulado, que atoró las palabras en mi garganta.
-¡No aguanto más Daniela! ¡Ya mismo te vas, antes de que me zarpe en serio!
El pelo despeinado y mojado le atravesaba la cara. Estaba totalmente enrojecido, furioso. Cerraba los puños con fuerza, podía adivinar sus uñas clavándose en las palmas de sus manos. Me desaté del nudo de frazadas y sábanas en que me había metido y me paré de un salto. Fui hasta él, buscando un abrazo, una caricia, una disculpa, algo que borrase aquel bache, que me diese otra oportunidad. No me dejó llegar. Tenía la cara desencajada. Debí suponer que esta vez algo era distinto. Me apartó con fuerza, de un empujón. Choqué la cadera contra el escritorio y ahí quedé, pasándome la mano para aliviar el dolor del golpe.
-¡Llevate tus cosas de una buena vez y desaparecé! –me decía ahora, con desprecio.
Quise llorar, decirle algo que lo hiciese recapacitar. O arañarlo, golpearlo, empujarlo, morderlo, lo que fuese... Permanecí parada, congelada. Los pies descalzos y el vaquero flojo, el pelo oscuro, bastante despeinado cayendo hasta la mitad de mi espalda. Adiviné cómo podría verme de afuera. Busqué mi mochila en el ropero y me puse los zapatos. Recogí la campera del mar de almohadones y revistas.
Mauricio, permanecía como un poste, en el umbral de la puerta. Ahora los puños no estaban apretados, pero movía nerviosamente las manos, refregando una contra la otra. Un pequeño charco se formaba sobre las baldosas a su alrededor.
Rebusqué en el bolsillo de mi pantalón y encontré algunos billetes. Pasé a su lado y estiré mi brazo intentando tocar su espalda. Su única respuesta fue alejarse y escoltarme, sin decir palabra. Atravesé por última vez aquella puerta.
Afuera me recibió una tormenta que parecía querer borrar una porción del mundo. La puerta detrás de mí se cerró con un golpe seco. Bajé los escalones corriendo. Mis pies y piernas se movían, pero me sentía petrificada. Gotas de lluvia, abundantes y fuertes, resbalaban por mi cara, casi sin tocarme.
Las suelas desgastadas de mis championes se deslizaban por las baldosas mojadas, como buscando en las mínimas corrientes de los charcos una pista de qué dirección seguir. Mentalmente volví a ubicar aquellos pesos en mi bolsillo. Dirigí mis pasos hacia el primer bar que recordaba en la vuelta. La ropa se me pegaba al cuerpo, el pelo escurría restos de lluvia sobre mi espalda.
El bar estaba casi vacío. El relato del partido de fútbol proveniente del televisor era casi el único sonido. Eso y los resoplidos ofuscados del dueño tras la barra, cuando algún jugador hacía una maniobra equivocada. Me senté en una mesa arrinconada, cerca de la ventana. Lo único que me preocupaba era conseguir un buen café. Distraje mi mirada a través de los vidrios, contemplando la calle vacía y las ráfagas de viento moviendo las gotas de acá para allá. Imaginé a Mauricio en su casa. Seguramente ordene desesperadamente el cuarto, con un cigarro apoyado por ahí, y borre todo vestigio de nuestra breve, aunque agotadora, convivencia.
Quedaban unas cuantas horas de luz. Tarde o temprano la noche iba a llegar. Siempre lo hacía. No iba a poder estirar un café para siempre. Apareció el mozo, con cara de pocos amigos. Sin dirigirme la palabra, se quedó parado frente a la mesa. Pedí un café largo y bien cargado, sin mirarlo. Como vino se fue, dejándome otra vez con mi cerebro naufragando en un torrente de pensamientos. Volver al refugio era una opción... Conté las monedas y billetes que había recogido de mi bolsillo, una y otra vez.
Llegó el café. La puerta detrás de mi se abrió. Me estremeció una corriente de aire helado. Un hombre, de unos cincuenta años, entraba parsimoniosamente. Algo en él cautivó mi atención. Mientras revolvía el café, mis ojos seguían sus movimientos en el bar. Traía una gabardina, algo desgastada pero aún elegante, que lo cubría casi hasta los pies. Se movía con una ceremonia que resultaba graciosa para aquel bar de cuarta, y que por otro lado parecía natural y lógica en él. Después de saludar al mozo y al dueño, se ubicó en una mesa. Quedamos frente a frente, con una única mesa entre los dos.
Mis dedos se entretenían ahora en armar un barquito con el ticket que el mozo había dejado sobre la mesa. Observé mis dedos, largos y flacos, las uñas comidas, los movimientos nerviosos. La claridad de afuera iba transformándose lentamente en noche y las luces de la calle habían decidido encenderse. Seguía teniendo frío. Imaginé una cama caliente, la de Mauricio, o cualquier otra, y poder echarme a dormir mil horas. Terminé de un sorbo largo el café. Aprovechando el impulso del calor en mi cuerpo, busqué un par de monedas y me puse en pie. A unos metros había un teléfono, colgando de la pared. Metí las monedas y sin darme tiempo a sopesar mi decisión, marqué aquellos siete números que seguían guardados en algún lugar de mi memoria. Sonó más de cinco veces.
Finalmente mamá atendió. Al principio no me reconoció, supongo que por eso sonó tan amable. No había preparado ningún discurso. Anticipando su incredulidad, empecé a explicarle con vehemencia que esta vez era la última y que las cosas definitivamente cambiarían. Me interrumpió en la mitad, como si aquello no le interesara. Sin muchas vueltas, fiel a su estilo, me dejó en claro que ni plata ni alojamiento, pero que cualquier otra cosa que necesitase, no dudase en llamarla algún día de estos. A pesar de lo predecible de todo aquello, mi garganta se anudó sin pedirme permiso. Con bastante dificultad articulé un tenue “chau”. Volví a la mesa, cabizbaja, con todo mi cuerpo sacudiéndose en temblores.
La taza vacía y el barquito me esperaban. De nuevo en la silla, retomé la contemplación de las hojas arremolinándose con el viento. Me sobresaltó una voz. Gruesa, algo cascada. Levanté la vista de mi nave de papel y lo vi, parado junto a la mesa. Sonrió mientras se sentaba, lenta y pausadamente en la silla frente a mí. Yo seguía moviendo mi barco, aunque mis ojos parecían atrapados por los suyos, entre tristes y sabios, entre grises y azules.
Se quedó sentado, mirando, como si el silencio no le molestase. Sus ojos se trasladaban una y otra vez desde mis manos a mis ojos. El nudo en mi garganta no hacía muy fácil que yo iniciara un diálogo. Así sentado, en paz, sin prisas, abrió una de sus manos, grandes, con dedos fuertes. La dejó extendida sobre la mesa, la palma abierta hacia arriba, sin pronunciar palabra. Lo miré, arqueando mis cejas. Permaneció estático, con una leve sonrisa asomando en su rostro, que hacía que uno dudase de aquellos cincuenta y tantos que debía haber vivido. Tomé entonces mi barquito y lo deposité con cuidado sobre su mano. Me sonrió, como uno sonríe a un niño chico cuando se manda una travesura. Mi cuerpo mágicamente había dejado de temblar. Con el barco aún en su mano, extendió la otra sobre la mesa y la abrió. Después de lo que me pareció una eternidad de silencio e inmovilidad, estiré mi brazo y apoyé mi mano sobre aquella palma que me aguardaba. Cerró su mano tibia, en torno a la mía. Esa tibieza comenzó a deslizarse, como en un tobogán, hacia todos los rincones de mi cuerpo, arrastrando mejor que el café el frío que se había agazapado en mis entrañas.
Volvió a aparecer el mozo. Esta vez con una botella de vino y dos vasos. Ahora sus gestos eran suaves, mucho más amables. Dejó los dos vasos servidos y se marchó. Aquel hombre seguía observándome, con su mirada grande y gris. Un principio de barba algo blancuzca asomaba en varias partes de su cara. Con su mano aún sobre la mía, tomó con la otra el vaso de vino y lo levantó. Como presa de un hechizo, levanté el mío y brindamos. Sentí el vino como un bálsamo de calma, lo imaginé borrando los rastros de otro fracaso.
-¿Cómo te llamás? –fueron las primeras palabras que lo escuché decir.
-Daniela ¿y vos?
-Daniela: ¿qué tal si nos vamos? –fue toda su respuesta.
Soltó mi mano y buscó su billetera. Dejó la plata sobre la mesa. Yo seguía sentada, dura, como anestesiada. Siempre ceremonioso, se puso en pie tomando con su mano la botella. Era alto, fornido, nada mal para sus años.
Yo miré mi minúscula mochila en el piso. El agua había atravesado los agujeros de mis zapatos y las medias mojadas me molestaban cada vez más. Dibujé con mis hombros un signo de interrogación y me paré. Volví a ponerme la campera aún mojada.
Salimos juntos a la noche. Cargué la mochila al hombro y lo seguí. La lluvia había parado. Caminamos entre los charcos, turnándonos la botella. El calor del vino iba recorriendo mi cuerpo, rellenando los vacíos de mi mente. Supe que se llamaba Alberto y trabajaba como periodista. Marchaba muy decidido, con pasos firmes. Ibamos hombro con hombro. Mis hombros escuálidos, los suyos anchos. Me dejé llevar.
Después de andar algunas cuadras llegamos a un viejo edificio. Subimos un par de pisos por una escalera estrecha y algo oscura. El apartamento era bastante grande y estaba casi vacío. Prendió una lámpara que colgaba en el centro de la habitación y la luz tenue descubrió unos pocos muebles: la cama de dos plazas prolijamente tendida, una estufa a gas, un escritorio de roble repleto de papeles y una computadora, frente a una biblioteca rebosante de libros.
Alberto dejó la gabardina en una silla y me hizo una seña para que entrase. Traspuse la puerta con un agradable sopor que recorría y relajaba mis músculos. Él se puso a revolver algunos de los papeles sobre el escritorio, mientras me decía que me pusiese cómoda. Sentía la ropa pegajosa, adherida a cada centímetro de mi ser, así que decidí hacerle caso.
Revolví mi mochila hasta dar con mi vieja toalla y busqué el baño. Cerré la puerta y me metí en la ducha. Las baldosas estaban heladas, pero la ducha rodeó mi cuerpo con litros y litros de agua caliente. Salí y escurrí mi pelo frente al espejo. Desvíe la mirada de las costillas que se asomaban levemente bajo mi piel. Poco más que un cepillo de dientes y pasta se podía ver en la repisa bajo el espejo. Encontré un armario que inspeccioné, suponiendo encontrar allí algo, no sabía muy bien qué. Lo único que había era un montón de toallas blancas, mullidas. Deseché la mía y me envolví en una de ellas, quedé rodeada de nubes. Deseé con fuerza hacer las cosas bien esta vez. Salí del baño.
La habitación ahora estaba en penumbras. Alberto había apagado la lámpara, así que solo algunos rayos de luz atravesaban las hendijas de la persiana. Aguzando la vista para no chocarme con mis zapatos en el piso, llegué hasta la cama. Adivinaba su cuerpo de costado, bajo un par de mantas.
Me metí y lo busqué. Pegué mis pechos contra su espalda y empecé a acariciarlo, deslizando mi mano con suavidad, descendiendo desde su hombro. No me dejó avanzar. Tomó mi mano entre las suyas y me dio la vuelta. Se ubicó boca arriba y apoyó mi cabeza en su pecho, rodeando mis hombros con su brazo. Mi mano volvía a estar entibiándose entre las suyas. Casi enseguida, pude oír sus ronquidos. Me quedé inmóvil, sintiendo aquellos dedos grandes y decididos envolver los míos y el latir pausado de su corazón resonar en mi cabeza.
Despacio al principio y como una tormenta después, empezaron a asomarse las lágrimas a mis ojos. Mi pecho se sacudía angustiado, aunque mi cuerpo seguía inmóvil, nutriéndose de su calor. Así estuvimos una eternidad, mis sollozos y sus ronquidos entreverándose en el silencio de la noche. Finalmente me dormí.
Yo pasé toda esa tarde tirada en su cama, mirando las copas de los árboles estirarse con el viento y la lluvia sacudirse contra los vidrios. Cuando me atacó el hambre, me envolví en el acolchado e hice una excursión hasta la heladera. Lo más tentador que encontré fue la pizza de la noche anterior que calenté en el microondas. Había elegido unos cuantos discos, el acompañamiento perfecto para la comida y la tormenta. Devoré la pizza en dos segundos Como testigo de mi festín, quedaron unos cuantos bordes desparramados en servilletas en el piso, confundiéndose entre las tapas de los cds. Busqué ganas, que no encontré, de levantarme, ducharme y ordenar todo. Mi refugio resultaba demasiado tentador.
De pronto, sentí la llave girar en la puerta de calle con inusitada violencia. Un día complicado, imaginé. Seguramente la lluvia y la moto no habrían favorecido, precisamente, una buena jornada de trabajo. Mauricio apareció en el cuarto, ensopado y con el casco aún colgando del brazo. Me estiré en la cama, adoptando aquella pose de gata perezosa, con la que tantas veces se había embelesado. Se mantuvo de pie, duro, los ojos haciendo una recorrida satelital al cuarto, deteniéndose en el desorden del piso. Después, sus ojos se fijaron en mi con un desprecio acumulado, que atoró las palabras en mi garganta.
-¡No aguanto más Daniela! ¡Ya mismo te vas, antes de que me zarpe en serio!
El pelo despeinado y mojado le atravesaba la cara. Estaba totalmente enrojecido, furioso. Cerraba los puños con fuerza, podía adivinar sus uñas clavándose en las palmas de sus manos. Me desaté del nudo de frazadas y sábanas en que me había metido y me paré de un salto. Fui hasta él, buscando un abrazo, una caricia, una disculpa, algo que borrase aquel bache, que me diese otra oportunidad. No me dejó llegar. Tenía la cara desencajada. Debí suponer que esta vez algo era distinto. Me apartó con fuerza, de un empujón. Choqué la cadera contra el escritorio y ahí quedé, pasándome la mano para aliviar el dolor del golpe.
-¡Llevate tus cosas de una buena vez y desaparecé! –me decía ahora, con desprecio.
Quise llorar, decirle algo que lo hiciese recapacitar. O arañarlo, golpearlo, empujarlo, morderlo, lo que fuese... Permanecí parada, congelada. Los pies descalzos y el vaquero flojo, el pelo oscuro, bastante despeinado cayendo hasta la mitad de mi espalda. Adiviné cómo podría verme de afuera. Busqué mi mochila en el ropero y me puse los zapatos. Recogí la campera del mar de almohadones y revistas.
Mauricio, permanecía como un poste, en el umbral de la puerta. Ahora los puños no estaban apretados, pero movía nerviosamente las manos, refregando una contra la otra. Un pequeño charco se formaba sobre las baldosas a su alrededor.
Rebusqué en el bolsillo de mi pantalón y encontré algunos billetes. Pasé a su lado y estiré mi brazo intentando tocar su espalda. Su única respuesta fue alejarse y escoltarme, sin decir palabra. Atravesé por última vez aquella puerta.
Afuera me recibió una tormenta que parecía querer borrar una porción del mundo. La puerta detrás de mí se cerró con un golpe seco. Bajé los escalones corriendo. Mis pies y piernas se movían, pero me sentía petrificada. Gotas de lluvia, abundantes y fuertes, resbalaban por mi cara, casi sin tocarme.
Las suelas desgastadas de mis championes se deslizaban por las baldosas mojadas, como buscando en las mínimas corrientes de los charcos una pista de qué dirección seguir. Mentalmente volví a ubicar aquellos pesos en mi bolsillo. Dirigí mis pasos hacia el primer bar que recordaba en la vuelta. La ropa se me pegaba al cuerpo, el pelo escurría restos de lluvia sobre mi espalda.
El bar estaba casi vacío. El relato del partido de fútbol proveniente del televisor era casi el único sonido. Eso y los resoplidos ofuscados del dueño tras la barra, cuando algún jugador hacía una maniobra equivocada. Me senté en una mesa arrinconada, cerca de la ventana. Lo único que me preocupaba era conseguir un buen café. Distraje mi mirada a través de los vidrios, contemplando la calle vacía y las ráfagas de viento moviendo las gotas de acá para allá. Imaginé a Mauricio en su casa. Seguramente ordene desesperadamente el cuarto, con un cigarro apoyado por ahí, y borre todo vestigio de nuestra breve, aunque agotadora, convivencia.
Quedaban unas cuantas horas de luz. Tarde o temprano la noche iba a llegar. Siempre lo hacía. No iba a poder estirar un café para siempre. Apareció el mozo, con cara de pocos amigos. Sin dirigirme la palabra, se quedó parado frente a la mesa. Pedí un café largo y bien cargado, sin mirarlo. Como vino se fue, dejándome otra vez con mi cerebro naufragando en un torrente de pensamientos. Volver al refugio era una opción... Conté las monedas y billetes que había recogido de mi bolsillo, una y otra vez.
Llegó el café. La puerta detrás de mi se abrió. Me estremeció una corriente de aire helado. Un hombre, de unos cincuenta años, entraba parsimoniosamente. Algo en él cautivó mi atención. Mientras revolvía el café, mis ojos seguían sus movimientos en el bar. Traía una gabardina, algo desgastada pero aún elegante, que lo cubría casi hasta los pies. Se movía con una ceremonia que resultaba graciosa para aquel bar de cuarta, y que por otro lado parecía natural y lógica en él. Después de saludar al mozo y al dueño, se ubicó en una mesa. Quedamos frente a frente, con una única mesa entre los dos.
Mis dedos se entretenían ahora en armar un barquito con el ticket que el mozo había dejado sobre la mesa. Observé mis dedos, largos y flacos, las uñas comidas, los movimientos nerviosos. La claridad de afuera iba transformándose lentamente en noche y las luces de la calle habían decidido encenderse. Seguía teniendo frío. Imaginé una cama caliente, la de Mauricio, o cualquier otra, y poder echarme a dormir mil horas. Terminé de un sorbo largo el café. Aprovechando el impulso del calor en mi cuerpo, busqué un par de monedas y me puse en pie. A unos metros había un teléfono, colgando de la pared. Metí las monedas y sin darme tiempo a sopesar mi decisión, marqué aquellos siete números que seguían guardados en algún lugar de mi memoria. Sonó más de cinco veces.
Finalmente mamá atendió. Al principio no me reconoció, supongo que por eso sonó tan amable. No había preparado ningún discurso. Anticipando su incredulidad, empecé a explicarle con vehemencia que esta vez era la última y que las cosas definitivamente cambiarían. Me interrumpió en la mitad, como si aquello no le interesara. Sin muchas vueltas, fiel a su estilo, me dejó en claro que ni plata ni alojamiento, pero que cualquier otra cosa que necesitase, no dudase en llamarla algún día de estos. A pesar de lo predecible de todo aquello, mi garganta se anudó sin pedirme permiso. Con bastante dificultad articulé un tenue “chau”. Volví a la mesa, cabizbaja, con todo mi cuerpo sacudiéndose en temblores.
La taza vacía y el barquito me esperaban. De nuevo en la silla, retomé la contemplación de las hojas arremolinándose con el viento. Me sobresaltó una voz. Gruesa, algo cascada. Levanté la vista de mi nave de papel y lo vi, parado junto a la mesa. Sonrió mientras se sentaba, lenta y pausadamente en la silla frente a mí. Yo seguía moviendo mi barco, aunque mis ojos parecían atrapados por los suyos, entre tristes y sabios, entre grises y azules.
Se quedó sentado, mirando, como si el silencio no le molestase. Sus ojos se trasladaban una y otra vez desde mis manos a mis ojos. El nudo en mi garganta no hacía muy fácil que yo iniciara un diálogo. Así sentado, en paz, sin prisas, abrió una de sus manos, grandes, con dedos fuertes. La dejó extendida sobre la mesa, la palma abierta hacia arriba, sin pronunciar palabra. Lo miré, arqueando mis cejas. Permaneció estático, con una leve sonrisa asomando en su rostro, que hacía que uno dudase de aquellos cincuenta y tantos que debía haber vivido. Tomé entonces mi barquito y lo deposité con cuidado sobre su mano. Me sonrió, como uno sonríe a un niño chico cuando se manda una travesura. Mi cuerpo mágicamente había dejado de temblar. Con el barco aún en su mano, extendió la otra sobre la mesa y la abrió. Después de lo que me pareció una eternidad de silencio e inmovilidad, estiré mi brazo y apoyé mi mano sobre aquella palma que me aguardaba. Cerró su mano tibia, en torno a la mía. Esa tibieza comenzó a deslizarse, como en un tobogán, hacia todos los rincones de mi cuerpo, arrastrando mejor que el café el frío que se había agazapado en mis entrañas.
Volvió a aparecer el mozo. Esta vez con una botella de vino y dos vasos. Ahora sus gestos eran suaves, mucho más amables. Dejó los dos vasos servidos y se marchó. Aquel hombre seguía observándome, con su mirada grande y gris. Un principio de barba algo blancuzca asomaba en varias partes de su cara. Con su mano aún sobre la mía, tomó con la otra el vaso de vino y lo levantó. Como presa de un hechizo, levanté el mío y brindamos. Sentí el vino como un bálsamo de calma, lo imaginé borrando los rastros de otro fracaso.
-¿Cómo te llamás? –fueron las primeras palabras que lo escuché decir.
-Daniela ¿y vos?
-Daniela: ¿qué tal si nos vamos? –fue toda su respuesta.
Soltó mi mano y buscó su billetera. Dejó la plata sobre la mesa. Yo seguía sentada, dura, como anestesiada. Siempre ceremonioso, se puso en pie tomando con su mano la botella. Era alto, fornido, nada mal para sus años.
Yo miré mi minúscula mochila en el piso. El agua había atravesado los agujeros de mis zapatos y las medias mojadas me molestaban cada vez más. Dibujé con mis hombros un signo de interrogación y me paré. Volví a ponerme la campera aún mojada.
Salimos juntos a la noche. Cargué la mochila al hombro y lo seguí. La lluvia había parado. Caminamos entre los charcos, turnándonos la botella. El calor del vino iba recorriendo mi cuerpo, rellenando los vacíos de mi mente. Supe que se llamaba Alberto y trabajaba como periodista. Marchaba muy decidido, con pasos firmes. Ibamos hombro con hombro. Mis hombros escuálidos, los suyos anchos. Me dejé llevar.
Después de andar algunas cuadras llegamos a un viejo edificio. Subimos un par de pisos por una escalera estrecha y algo oscura. El apartamento era bastante grande y estaba casi vacío. Prendió una lámpara que colgaba en el centro de la habitación y la luz tenue descubrió unos pocos muebles: la cama de dos plazas prolijamente tendida, una estufa a gas, un escritorio de roble repleto de papeles y una computadora, frente a una biblioteca rebosante de libros.
Alberto dejó la gabardina en una silla y me hizo una seña para que entrase. Traspuse la puerta con un agradable sopor que recorría y relajaba mis músculos. Él se puso a revolver algunos de los papeles sobre el escritorio, mientras me decía que me pusiese cómoda. Sentía la ropa pegajosa, adherida a cada centímetro de mi ser, así que decidí hacerle caso.
Revolví mi mochila hasta dar con mi vieja toalla y busqué el baño. Cerré la puerta y me metí en la ducha. Las baldosas estaban heladas, pero la ducha rodeó mi cuerpo con litros y litros de agua caliente. Salí y escurrí mi pelo frente al espejo. Desvíe la mirada de las costillas que se asomaban levemente bajo mi piel. Poco más que un cepillo de dientes y pasta se podía ver en la repisa bajo el espejo. Encontré un armario que inspeccioné, suponiendo encontrar allí algo, no sabía muy bien qué. Lo único que había era un montón de toallas blancas, mullidas. Deseché la mía y me envolví en una de ellas, quedé rodeada de nubes. Deseé con fuerza hacer las cosas bien esta vez. Salí del baño.
La habitación ahora estaba en penumbras. Alberto había apagado la lámpara, así que solo algunos rayos de luz atravesaban las hendijas de la persiana. Aguzando la vista para no chocarme con mis zapatos en el piso, llegué hasta la cama. Adivinaba su cuerpo de costado, bajo un par de mantas.
Me metí y lo busqué. Pegué mis pechos contra su espalda y empecé a acariciarlo, deslizando mi mano con suavidad, descendiendo desde su hombro. No me dejó avanzar. Tomó mi mano entre las suyas y me dio la vuelta. Se ubicó boca arriba y apoyó mi cabeza en su pecho, rodeando mis hombros con su brazo. Mi mano volvía a estar entibiándose entre las suyas. Casi enseguida, pude oír sus ronquidos. Me quedé inmóvil, sintiendo aquellos dedos grandes y decididos envolver los míos y el latir pausado de su corazón resonar en mi cabeza.
Despacio al principio y como una tormenta después, empezaron a asomarse las lágrimas a mis ojos. Mi pecho se sacudía angustiado, aunque mi cuerpo seguía inmóvil, nutriéndose de su calor. Así estuvimos una eternidad, mis sollozos y sus ronquidos entreverándose en el silencio de la noche. Finalmente me dormí.


4 comentarios:
Muy bueno, Gaby, creo que podría ser el argumento de una novela, tiene muchos y muy buenos elementos para desarrollar.
Un abrazo
Paaa!!! Qué excelente!!! Me quedé hipnotizada del principio al final!!
Es el tipo de historias que me movilizan mucho!! Muy bueno!!
Saludos.
Gaby, impresionante este relato! Me llevó a toda velocidad. Interesante y creíble. Muy dulce imagen final. ¡¡¡Gracias!!!, negrita.
Me atrapó desde el principio, parece una historia verdadera por lo sentida!!
Qué bueno leer así deseando seguir a ver qué sucede!!
Realmente buenísimo!!!
Publicar un comentario en la entrada