29 diciembre 2009

De compras


Espero mi pedazo de queso. La mina de la fiambrería se toma su tiempo. No importa. No estoy apurada. Es sábado.

Un rezongo me sacude.

-¡Que te pares ahí te digo! –grita el hombre.

Pelo sucio, canoso. Cerca de cincuenta años. En un movimiento rápido y cobarde golpea con fuerza, su mano abierta aterriza en la cabeza del niño que tiene al lado.

-¡De ese lado, botija de mierda! –vocifera ahora, inmune a los cientos de metros cuadrados comunes a todos quienes hacemos las compras de sábado en el supermercado.

Busco la mirada de la que me atiende, pero sigue absorta en el queso y la balanza.

El niño, de unos siete años, se pone rápidamente al costado izquierdo del hombre. Flaquito, un cerquillo despeinado, los ojos al piso. Mi estómago entra en acción. Casi puedo ver los jugos gástricos queriendo perforar las paredes.

Clavo los ojos sin disimulo en el hombre. Me mira y sostiene la mirada. El nene parece un bichito de humedad, vuelto bolita para pasar desapercibido; o quizá para salir rodando, como al descuido, fuera de las garras de su carcelero.

El tipo me pasa por atrás. Campera roja, un pantalón marrón enfunda sus piernas. A grandes pasos se desliza con seguridad sobre la blancura de las baldosas. El niño lo sigue, obedeciendo el tirón de una correa invisible.

Se paran frente a la panadería, a cuatro o cinco metros de donde sigo aguardando el queso. Ahora los ojos del tipo me esquivan.

-Dan ganas de matarlo, te digo –me oigo decir de la nada, a la flaca con cara de sueño que extiende finalmente mi pedido.

-Siempre es lo mismo –me contesta.

Su voz es apenas audible, como con miedo. Sin embargo sus ojos dibujan impotencia, enojo y hasta, me animo a suponer, algún recuerdo propio que se le superpone a la escena.

-Ah ¡¿encima siempre es así?! –digo.

Tomo conciencia de mi mandíbula tensa, de mi mano estrujando el forro de mi bolsillo. Ahora el tipo me mira. Meto el queso en el carro. Yo también necesito pan. Sin dudarlo, como poseída, voy hasta ahí. Camino los escasos metros que nos separan, en zancadas increíblemente largas.

-¿Por qué no se dedicarán a cuidar a sus propios hijos, digo yo?-vocifera ahora. A todos y a nadie. Con siglos de patriarcado acumulados en esa simple frase. Con la complicidad que se dibuja en el gesto de la señora que espera sus bizcochos, en la cara del pibe que se los pesa detrás del mostrador. Con la indiferencia tácita que se traslada en la música funcional e insulsa desde cada parlante, cada rincón.

-¡No tiene que pegarle! –le digo.

Sin bajar la voz. Sin disimular la rabia. Sin preocuparme de llamar la atención.

-¿Por qué no se mete en sus cosas? ¿Y quién le pegó? –me grita ahora.

Sus ojos parecen salirse de su cara. Su mano derecha crispada, se aferra sobre el hombro del chiquito. Parece una tarántula enorme aguardando la presa, conteniéndose para no saltar.

-Usted le pegó. No tiene derecho a hacerle eso –respondo. Mis ojos firmes, indiferente a mi posible inferioridad como mujer joven, frente a sus ojos de macho de la manada.

La señora de la fila huye raudamente con sus bizcochos, como se esconden algunos animales cuando el viento trae el olor de la tormenta.

El tipo parece haberse olvidado de su necesidad de comprar algo en la panadería. Pasa delante de mí. Mis pies no se mueven. Mi cuerpo sigue siempre dándole el frente.

-¿Usted quién es? Métase en sus cosas –sentencia, pero sus pies emprenden la retirada.

-¿Sabe que lo pueden denunciar, no? –digo, ya sin ninguna reflexión o coherencia, solamente dejando que la bronca se transforme en palabras. Buscando que mis ganas de tirarle con el carro y aplastarlo bajo latas y latas de duraznos en almíbar no se hagan realidad.

El nene me mira. Unos ojitos castaños apagados, que no dicen nada pero vociferan “gracias”. Que me dejan unas inexplicables ganas de llorar.

-Denúncieme, entonces –dice ahora, con todo el coraje del mundo falseándose en su voz, mientras su huída se hace más patente y desaparece con el niño en la sección de lácteos.

-¿Qué va a llevar? –me pregunta ahora el pibe de la panadería.

Una mezcla de desdén y reproche se traduce en cada uno de sus gestos, enfundado en su uniforme inmaculado. Detesto no poder captar hacia quién de todos se dirige su reprobación.

Camino a paso lento hasta las cajas. Mis hombros parecen cargar con todo el peso del carro. De pronto, las ganas de una noche de picadita y vino en casa, se volaron por el aire.


Foto: http://www.flickr.com/photos/landahlauts/2035808202/

1 comentarios:

Laurel dijo...

Estimada... realmente dan ganas de llorar.
No sé... no entiendo...
Pero creo que gracias a Dios también hay gente como vos que no es indiferente.
Quiero matarlo!
Beso

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