03 diciembre 2009

Mentiras


No mentirle. No tener que hacerlo. Parece tan simple. ¿Cuántos años más de lo mismo? Me retuerzo en la silla. Imagino mi campera puesta, volver a la libertad de la calle, al aire helado acariciando con dureza mis mejillas, al ruido ensordecedor de ómnibus y bocinas.
Adivina mis pensamientos. Como siempre. Como la semana pasada. Como hace dos años. Como hace treinta.
-Mi amor, me imagino que no pensás irte ya…
Mi mandíbula se tensa lentamente. Imperceptible desde afuera, pero repasando una y otra vez el surco de rumiar cada noche. Ni me esfuerzo en buscarle la lógica a tanto malestar. Me obligo a contener la intensidad de mis palabras, a disfrazar la urgencia de salir de este lugar, de retomar mi ser adulta.
-No mamá, estaba buscando a la moza… –me oigo decir.
-Deja que la llamo yo –interrumpe. La sonrisa impecable, el lápiz de labio inmune a la ensalada y dos copas de agua mineral sin gas.
Gira el cuello, como en cámara lenta. Conciente de cada movimiento, milímetro a milímetro, de la trampa que tiende a sus potenciales presas, esparcidas por las demás mesas.
En la de atrás nuestro hay cuatro tipos. Trajes impecables. Apurando una charla de almuerzo en su descanso de mediodía. Todos entre cuarenta y cincuenta años. Hay uno que no está nada mal. Con un aire de superioridad entreverado con timidez. Varias canas se asoman a uno y otro lado de su cabeza, como el marco ideal para una sonrisa que seguramente guarda desde que era niño. Es el único que no está de traje. Una campera verde milico, de esas que se usaban en la época del liceo.
Hasta ahora el tipo estaba súper enroscado en su charla. Ademanes sugestivos acompañando una voz que no llego a atrapar, entre tantas conversaciones superpuestas. Pero llega el imán.
Mamá prolongando estúpidamente la búsqueda de la moza. En una escena que se repite en mi memoria, hasta el infinito. Donde deja el tiempo exacto para un más que predecible duelo de miradas. Y después el estratégico recato de mamá.
Como a través de un telescopio puedo adivinar las pupilas de ambos dilatándose. Un extraño ritual de “cazador – cazado” que soy obligada a presenciar. El tipo detiene su cuento, hace una pausa que acompaña de un trago de agua.
Hombros, cuello, cara y ojos de mamá vuelven armónicamente a su lugar. Como esas obras de ingeniería que muestran en algún canal de cable. Donde hasta el más mínimo detalle está planeado. Planeado hasta el cansancio para parecer increíblemente casual. Los dedos largos y finos entrecruzados, unas uñas rojas inmaculadas que por un momento ocultan de mi vista los vestigios de ensalada de su plato.
-¿Te fijaste? Allá atrás hay cuatro tipos, bien interesantes. Vos después diciendo que no hay hombres en ningún lado…
Mis labios no llegan a tomar el impulso suficiente para fabricar la sonrisa de rigor. Tirarle la botella de agua por la cabeza, deshacer su estúpido brushing.

Bruno. Único tipo que me conoció. Sexto de liceo. Un agradecimiento dibujado en todo su ser, cada una de las veces que lo vio. Como cuando alguien te compra las últimas rifas pendientes del grupo de viaje. Convencida de que me agarró por lástima. Esforzándose por mal disimularlo.



-No, la verdad ni me fijé –miento, por segunda, o tercera vez, en lo que va de la comida.
-Pero Sofi, mi amor. Así no vamos a llegar a ningún lado…-me dice, en un innecesario plural.


La ruptura con Bruno vino a cumplir la más obvia de las profecías. Y ahí otra excusa. Como si le faltaran, otra oportunidad más que perfecta para entreverarse con mis amigas en las reuniones de consuelo. Noches en que alguna se aparecía con un video y un par de chocolates. La caja de pañuelos al costado del sillón. Todo pronto para apechugarme un rato.
Entonces el inevitable “¿se puedeeeee…?” tirado como al descuido. Y el “claro” simultáneo de todas las chiquilinas. A hacer un lugarcito a la madre joven y canchera. Esa con la que nadie podía enojarse. Todas opinando de la dejada de Bruno. Diez hipótesis sobrevolando entre acolchados y puchos. Y ninguna que me convenciera. Ganas de quedarme sola, la cabeza metida entre las frazadas y dejar que los días pasaran. Nada más. Solamente levantarme cuando el agujero negro entre el pecho y el estómago dejara de existir. O se volviese menos doloroso, al menos. Días y días. Meses. ¿Cuánto más?
Hasta que al final alguien dijo “basta”. La abuela. ¿Quién más iba a ser? Ahí la rueda de consultas. Psiquiatras. Ansiolíticos. Antidepresivos. Psicoterapeutas. Dieta para adelgazar.
Mamá acompañándome solícita a cada consulta. Aguardando como una efigie en cada sala de espera. La más estupenda de las comprensiones en sus ojos verdes. Casi empeñada en demostrar a cualquier profesional con quien nos topásemos que nada de todo aquello tenía que ver con ella.


Me mira. Más bien mira mi contorno, seguramente midiendo cuánto engordé desde la última vez que nos vimos. El labio fruncido que reprueba a todas luces este saco de lana que me compré en la feria.
-Chiqui, a ver si empezamos a ponernos base… que ya estás en hora –dice.
Para variar, fue imposible adivinar el flanco del ataque.
-¡Basta, mamá, dejate de joder! ¡Dejame en paz de una buena vez! –me imagino gritarle. Tirando de un empujón platos, vasos, mesas y sillas. Armando un buen papelón, de esos que tanto detesta.
-¿Y si pedimos la cuenta? –es todo lo que logro articular. Un nudo en la garganta que no llega a completarse –me tengo que ir, hoy entro más temprano al trabajo.
Y va la quinta. Última mentira. Solo por hoy.


Foto: http://www.flickr.com/photos/34915595@N04/3603477082/

3 comentarios:

cecilia dijo...

Te quedó redondo, me identifiqué totalmente con la pobre hija y su sensación de agobio encerrado se transmite en todo el texto.He conocido de esas madres...(El "se pueedee", magistral!Un montón de significado en esas 2 palabras.) Felicitaciones por todo el cuento.

ceci dijo...

Impresionante GMN!... dolorosamente impresionante, también me ví a mí misma en esa hija ahogada por el "amor maternal". Pudiste plasmar estupendamente el sentimiento en el clima del relato, felicitaciones

suequi dijo...

Excelente, DIGNO de ir directamente a la BITÁCORA !!!!
Te felicito en serio. Si las habrá (las madres invasoras). No es mi caso pero lo veo a diario en personas que lo han padecido. Esa hija anónima lo padeció como lo padecería cualquier hijo que desea y necesita SU espacio. Una vez un psicólogo amigo charlando de todo un poco, me comentó una cosa que me quedó grabada: "estar demasiado cerca de tus hijos, de forma agobiante, es estar muy lejos", y es igual o más dañino que una buena y medida "calidad" de tiempo con ellos.
Mi madre, para analizar desde otras perspectvas, de alguna manera fue ausente, digamos que un tanto "ombliguista", no invadía para nada, pero yo hubiera querido que compartiera más conmigo, ya ves... el mundo no es perfecto jaja
beso, MB !!!

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