
Mis ojos siguen fijos en el puente. En las filas interminables de personas que se suceden hasta el infinito. Que imagino distantes. Felices. Perfectas. Las arcadas permiten ver sus cuerpos por algunos segundos y luego desaparecen, en un capricho de la arquitectura que me mantiene preso.
Obligo a mis pies a moverse. A sentir a través de mis suelas el vibrar de esta ciudad que estuvo acá hace cientos de años, como si esperase mi visita. Voy distraído en mis botas nuevas, calientes, cómodas. Están muy lejos de aquel par de zapatos, estirados hasta lo imposible, que me acompañaban a recorrer arriba y abajo la Ciudad Vieja. Trámites y colas eternas, soportando todos los ejemplares de tortugas y marmotas posibles, apoltronadas detrás de sus escritorios, de sus pequeñas parcelas de poder.
Mis ojos, todavía rebeldes, siguen con esa costumbre pueblerina de buscar rasgos familiares en las caras que voy cruzándome en mi camino. Todas van absortas, ajenas, irreconciliablemente desconocidas. Un suspiro se me apaga al tomar contacto con el aire helado. Totalmente imposible revivir aquella duda. Alzar las cejas, abrir más los ojos y comprobar casi con certeza el encuentro con algún conocido. Así, de la nada, en cualquier lado: la feria del sábado, un bar a mediodía o una cola en el banco. Reencontrarte con aquella minita que te gustaba en la escuela, ahora hecha un tonel, paseando con dos nenes por la plaza Independencia. O el tipo que te mandó hacer un laburo y estuvo cuatro meses para pagártelo. Y el placer de los cafés robados al trabajo cuando Diego o Maxi andaban en la vuelta, sorteando la tarde entre trámites y celulares.
Mi nariz se congela. Eso es algo a lo que nunca voy a acostumbrarme. Siempre la punta roja, la piel luchando por mantenerse a salvo de las grietas abriéndose en su superficie.
Una rubia increíble me pasa por al lado. Como si saliese de un reclame de la tele. El pelo es una bandera al viento. Toda la garra puesta en unas piernas de pisada firme, coronadas por un par de tetas furiosas. Tampoco a esto he podido acostumbrarme. Ni a adivinar el desdén casi automático frente a mi acento mal disimulado. Me acuerdo de la primera vez. Todo mi entusiasmo de recién llegado. Una salida de bienvenida con el Polo y un par de amigos de la vuelta: argentinos, un par de chilenos y un boliviano. Anduvimos por ahí, de copas. Un lugar, otro. La primera me la dejaron pasar, cagándose de risa en silencio de mi ilusión de nene chico. Para mi era cosa fácil. Capaz que no tan simple como allá, que ni había que hacer mucho para conseguir el levante. Un cruce de miradas me dio el ok. Alta, ojos verdes, espectacular. Una sonrisa mutua. No llegué a contar cuántas palabras fueron. La desidia se dibujó en su cara como con un interruptor. Ahí se iba por el aire mi levante de bienvenida. Probé un par de veces más. Supongo que tanta cerveza había diluido mi autocrítica. Al final el Negro se me prendió del hombro. Me hizo acordar al viejo la primera vez que me descubrió en pedo. “Flaco, de estas rubias, olvidate, ni bola, nunca”. Sentenció. Después ya ni me lo cuestioné.
El Polo me metió entre su gente, igual que hace veinte años cuando llegué al barrio. Ahora otras caras. Más cascoteadas, menos ilusas. Pero que con un par de vinos y algo de música entreverada se abrían. A veces dejando escapar demasiada nostalgia. Más de la que a mi me hubiese gustado captar. Cada poco caía alguno nuevo. Mismos rituales. Mismas bienvenidas. Distintas costumbres, ídolos y comidas, todo en un baile entreverado. Diluyéndose. Formando una gran masa indescriptible, por momentos monstruosa, por momentos fascinante. Donde a veces parece que nada es real.
Los ómnibus se deslizan por la calle. En un sonido apagado, casi pidiendo disculpas. Otros olores buscan hacerse un hueco en la memoria, como golpeando con los nudillos sobre una ventana. Casi puedo sentir el rastro de un carrito de chorizos en alguna mañana de invierno. Una de esas veces en que me dejaba seducir y le hacía un gol de media cancha a la rutina, atiborrándome con el chimichurri y los hongos desbordando el pan. Después caer en lo de la vieja, y como se pudiese tragar un par de fideos, no sea cosa que se fuese a ofender.
Escaparle a todo ese gris que le salía por los poros a Montevideo. Pero no en esos guiños de un viaje de faso o un cuelgue filosófico al pedo. Zafarle En Serio. Mandar a cagar a la gorda inepta del laburo.
Una liquidación de sueldo con errores. Más que previsible. La confirmación que necesitaba. Que dibujaba a gritos la inutilidad de todo un país. Una mediocridad representada a escala en el micromundo de la oficina, en cada espécimen presente. La secretaria, una urraca vieja, atrás de un par de lentes demasiado gruesos para este siglo.
Más de una vez me desperté con imágenes terroríficas. Todos los inútiles del laburo me ataban de pies y manos con metros y metros de cinta de embalar. Así, me iban cargando sobre sus hombros flácidos, camino a una piedra gris maciza: el altar de la conversión final. Y ahí, el momento exacto de transformarme también en una tortuga – marmota. Después de eso mis movimientos se volvían cada vez más lentos, predecibles y mi único norte era colgarme de la sombra de un árbol y dormir las horas que faltasen para el resto de la vida. Cinco, diez, treinta veces, idéntica pesadilla. Idéntico despertar sudoroso al grito de “bastaaaaaaaaaa!”.
La llegada fue brava, intensa más bien. Como esas duchas heladas con las que se fantasea hasta morir en un día de verano, pero después abajo del agua te termina tentando un poco de calor que aliviane ese shock. Con ese miedo metido en la mochila, que solamente con un par de cervezas arriba me atrevo a confesar. Tuve que poner los pies en esta tierra con un maquillaje de suficiencia. Una tierra que se puso sus mejores galas para recibirme: la temperatura como diseñada, leve, apenas perceptible.
Un escalofrío me recorre más allá de la punta de los pies. El aire se transforma en una cuadrilla de peones diminutos taladrando los pocos poros de mi piel que están al descubierto; son escasos pero suficientes para filtrar el calor que mi cuerpo se empeña en fabricar.
Una mujer limpia la vereda. Su uniforme es impecable y los movimientos increíblemente rápidos, ajenos al potencial congelante del aire que nos rodea. Manos enguantadas y eficientes empuñan escobillón y pala. Sus ademanes parecen conjugar con el paisaje, en un esfuerzo por desaparecer. Su presencia o la de otra mujer similar, resultan imperceptibles, mimetizándose de forma extraña con todo cuanto las rodea. Cada día, cada pocas horas. Como un acto de magia que conjura el paso de miles de personas, de hojas voladoras, de viento y polvo, y los borra de un chasquido. Igual a esas minas que se retocan el maquillaje sin que te des cuenta. Pasan las horas, tus ojeras se pronuncian y las de ella nunca aparecen. Imposible imaginarlas con lagañas, despeinadas. Que resultan hasta demasiado perfectas.
Llego a la oficina. Pocas ganas de nada. La secretaria me extiende unos quince sobres. Los meto en la mochila con cuidado de no arrugar nada y voy a buscar la moto. Solo espero que hoy no haya ningún embotellamiento.
Obligo a mis pies a moverse. A sentir a través de mis suelas el vibrar de esta ciudad que estuvo acá hace cientos de años, como si esperase mi visita. Voy distraído en mis botas nuevas, calientes, cómodas. Están muy lejos de aquel par de zapatos, estirados hasta lo imposible, que me acompañaban a recorrer arriba y abajo la Ciudad Vieja. Trámites y colas eternas, soportando todos los ejemplares de tortugas y marmotas posibles, apoltronadas detrás de sus escritorios, de sus pequeñas parcelas de poder.
Mis ojos, todavía rebeldes, siguen con esa costumbre pueblerina de buscar rasgos familiares en las caras que voy cruzándome en mi camino. Todas van absortas, ajenas, irreconciliablemente desconocidas. Un suspiro se me apaga al tomar contacto con el aire helado. Totalmente imposible revivir aquella duda. Alzar las cejas, abrir más los ojos y comprobar casi con certeza el encuentro con algún conocido. Así, de la nada, en cualquier lado: la feria del sábado, un bar a mediodía o una cola en el banco. Reencontrarte con aquella minita que te gustaba en la escuela, ahora hecha un tonel, paseando con dos nenes por la plaza Independencia. O el tipo que te mandó hacer un laburo y estuvo cuatro meses para pagártelo. Y el placer de los cafés robados al trabajo cuando Diego o Maxi andaban en la vuelta, sorteando la tarde entre trámites y celulares.
Mi nariz se congela. Eso es algo a lo que nunca voy a acostumbrarme. Siempre la punta roja, la piel luchando por mantenerse a salvo de las grietas abriéndose en su superficie.
Una rubia increíble me pasa por al lado. Como si saliese de un reclame de la tele. El pelo es una bandera al viento. Toda la garra puesta en unas piernas de pisada firme, coronadas por un par de tetas furiosas. Tampoco a esto he podido acostumbrarme. Ni a adivinar el desdén casi automático frente a mi acento mal disimulado. Me acuerdo de la primera vez. Todo mi entusiasmo de recién llegado. Una salida de bienvenida con el Polo y un par de amigos de la vuelta: argentinos, un par de chilenos y un boliviano. Anduvimos por ahí, de copas. Un lugar, otro. La primera me la dejaron pasar, cagándose de risa en silencio de mi ilusión de nene chico. Para mi era cosa fácil. Capaz que no tan simple como allá, que ni había que hacer mucho para conseguir el levante. Un cruce de miradas me dio el ok. Alta, ojos verdes, espectacular. Una sonrisa mutua. No llegué a contar cuántas palabras fueron. La desidia se dibujó en su cara como con un interruptor. Ahí se iba por el aire mi levante de bienvenida. Probé un par de veces más. Supongo que tanta cerveza había diluido mi autocrítica. Al final el Negro se me prendió del hombro. Me hizo acordar al viejo la primera vez que me descubrió en pedo. “Flaco, de estas rubias, olvidate, ni bola, nunca”. Sentenció. Después ya ni me lo cuestioné.
El Polo me metió entre su gente, igual que hace veinte años cuando llegué al barrio. Ahora otras caras. Más cascoteadas, menos ilusas. Pero que con un par de vinos y algo de música entreverada se abrían. A veces dejando escapar demasiada nostalgia. Más de la que a mi me hubiese gustado captar. Cada poco caía alguno nuevo. Mismos rituales. Mismas bienvenidas. Distintas costumbres, ídolos y comidas, todo en un baile entreverado. Diluyéndose. Formando una gran masa indescriptible, por momentos monstruosa, por momentos fascinante. Donde a veces parece que nada es real.
Los ómnibus se deslizan por la calle. En un sonido apagado, casi pidiendo disculpas. Otros olores buscan hacerse un hueco en la memoria, como golpeando con los nudillos sobre una ventana. Casi puedo sentir el rastro de un carrito de chorizos en alguna mañana de invierno. Una de esas veces en que me dejaba seducir y le hacía un gol de media cancha a la rutina, atiborrándome con el chimichurri y los hongos desbordando el pan. Después caer en lo de la vieja, y como se pudiese tragar un par de fideos, no sea cosa que se fuese a ofender.
Escaparle a todo ese gris que le salía por los poros a Montevideo. Pero no en esos guiños de un viaje de faso o un cuelgue filosófico al pedo. Zafarle En Serio. Mandar a cagar a la gorda inepta del laburo.
Una liquidación de sueldo con errores. Más que previsible. La confirmación que necesitaba. Que dibujaba a gritos la inutilidad de todo un país. Una mediocridad representada a escala en el micromundo de la oficina, en cada espécimen presente. La secretaria, una urraca vieja, atrás de un par de lentes demasiado gruesos para este siglo.
Más de una vez me desperté con imágenes terroríficas. Todos los inútiles del laburo me ataban de pies y manos con metros y metros de cinta de embalar. Así, me iban cargando sobre sus hombros flácidos, camino a una piedra gris maciza: el altar de la conversión final. Y ahí, el momento exacto de transformarme también en una tortuga – marmota. Después de eso mis movimientos se volvían cada vez más lentos, predecibles y mi único norte era colgarme de la sombra de un árbol y dormir las horas que faltasen para el resto de la vida. Cinco, diez, treinta veces, idéntica pesadilla. Idéntico despertar sudoroso al grito de “bastaaaaaaaaaa!”.
La llegada fue brava, intensa más bien. Como esas duchas heladas con las que se fantasea hasta morir en un día de verano, pero después abajo del agua te termina tentando un poco de calor que aliviane ese shock. Con ese miedo metido en la mochila, que solamente con un par de cervezas arriba me atrevo a confesar. Tuve que poner los pies en esta tierra con un maquillaje de suficiencia. Una tierra que se puso sus mejores galas para recibirme: la temperatura como diseñada, leve, apenas perceptible.
Un escalofrío me recorre más allá de la punta de los pies. El aire se transforma en una cuadrilla de peones diminutos taladrando los pocos poros de mi piel que están al descubierto; son escasos pero suficientes para filtrar el calor que mi cuerpo se empeña en fabricar.
Una mujer limpia la vereda. Su uniforme es impecable y los movimientos increíblemente rápidos, ajenos al potencial congelante del aire que nos rodea. Manos enguantadas y eficientes empuñan escobillón y pala. Sus ademanes parecen conjugar con el paisaje, en un esfuerzo por desaparecer. Su presencia o la de otra mujer similar, resultan imperceptibles, mimetizándose de forma extraña con todo cuanto las rodea. Cada día, cada pocas horas. Como un acto de magia que conjura el paso de miles de personas, de hojas voladoras, de viento y polvo, y los borra de un chasquido. Igual a esas minas que se retocan el maquillaje sin que te des cuenta. Pasan las horas, tus ojeras se pronuncian y las de ella nunca aparecen. Imposible imaginarlas con lagañas, despeinadas. Que resultan hasta demasiado perfectas.
Llego a la oficina. Pocas ganas de nada. La secretaria me extiende unos quince sobres. Los meto en la mochila con cuidado de no arrugar nada y voy a buscar la moto. Solo espero que hoy no haya ningún embotellamiento.
Foto:http://www.flickr.com/photos/capuchina/387991058


1 comentarios:
Es extraño, a mi me gusta Montevideo, no lo veo gris, es el hogar que elegí para mi, y me hace muy feliz. Es increíble como las perspectivas pueden ser tan distintas desde diferentes ojos.
Muy buen texto, no pude parar. Pero igual siento tu nostalgia.
O me equivoco?
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