
Va cayendo el sol. Ernesto y Sebastián hace rato que se fueron. Tendría que haberme ido con ellos. Como ayer, como el viernes, como siempre. Hoy con más ganas de quedarme un rato. De mirar el agua un rato, el picadito que se está armando en la playa. Con las monedas guardadas en el bolsillo, prontas para la vuelta a casa.
Me quedo en el banco de la rambla. La túnica metida en la mochila. El sol ya no calienta. Me abrazo a las piernas para espantar un poco el frío. Quedarme un poco quieto. Todo el día corriendo, a rescatando un peso, y encima tener que escaparnos de los limpiavidrios. Terrible pedrada se ligó el Seba, pobre…
Algo me moja las piernas. Un perrito, más bien parece una oveja chiquitita. Viene con la correa suelta, arrastrándola. Los mismos ojitos del Negrito. De un saltito se sube al banco. Se me viene arriba a olerme. Le hago cosquillas y enseguida lo tengo lamiéndome la mano. Le chasqueo los dedos y me los mordisquea.
Aparece una vieja, casi corriendo. Se queda parada mirando el banco.
- Lady, Lady, chiquita, vení para acá –le dice, medio gritando.
La perrita sigue buscándome mimos. Entrevero los dedos entre los rulitos blancos. La señora se queda ahí parada, con los brazos cruzados. Igual a la directora del a escuela cuando se enoja.
-Vení bonita –sigue llamándola.
Lady se esconde entre mis piernas, moviendo la cola. Me sigue mordisqueando, trata de meter la nariz entre los agujeros de mis zapatos. La señora ya no se debe acordar de cómo jugar a la escondida. Sigue ahí quieta, como una estatua, aunque con la cara cada vez más arrugada.
Me río y la miro.
-¿Cuántos años tiene? ¿Es cachorra, no? –le pregunto.
No me mira. No me mira a la cara, mejor dicho. Sí los championes, sí la túnica arrugada que se asoma desde el cierre de la mochila, si las manos con las que acaricio a su perrita.
Ya aburrida de esta vieja que no sabe jugar, no sabe ni hablar, la perra se baja del banco de un salto. La señora se agacha y agarra la correa. Con la punta de los dedos, como si la perra le hubiese hecho pichí arriba o algo...
Se vino la noche. Las luces todas prendidas dibujan un caminito lleno de curvas, bordeando el agua, como para no mojarse.
Me paro y exprimo los bolsillos. Los diecisiete pesos en la mano. A esperar el ómnibus. Esperar que la suerte me deje algún asiento libre donde poder pegar una cabeceadita antes de llegar a casa.
Me quedo en el banco de la rambla. La túnica metida en la mochila. El sol ya no calienta. Me abrazo a las piernas para espantar un poco el frío. Quedarme un poco quieto. Todo el día corriendo, a rescatando un peso, y encima tener que escaparnos de los limpiavidrios. Terrible pedrada se ligó el Seba, pobre…
Algo me moja las piernas. Un perrito, más bien parece una oveja chiquitita. Viene con la correa suelta, arrastrándola. Los mismos ojitos del Negrito. De un saltito se sube al banco. Se me viene arriba a olerme. Le hago cosquillas y enseguida lo tengo lamiéndome la mano. Le chasqueo los dedos y me los mordisquea.
Aparece una vieja, casi corriendo. Se queda parada mirando el banco.
- Lady, Lady, chiquita, vení para acá –le dice, medio gritando.
La perrita sigue buscándome mimos. Entrevero los dedos entre los rulitos blancos. La señora se queda ahí parada, con los brazos cruzados. Igual a la directora del a escuela cuando se enoja.
-Vení bonita –sigue llamándola.
Lady se esconde entre mis piernas, moviendo la cola. Me sigue mordisqueando, trata de meter la nariz entre los agujeros de mis zapatos. La señora ya no se debe acordar de cómo jugar a la escondida. Sigue ahí quieta, como una estatua, aunque con la cara cada vez más arrugada.
Me río y la miro.
-¿Cuántos años tiene? ¿Es cachorra, no? –le pregunto.
No me mira. No me mira a la cara, mejor dicho. Sí los championes, sí la túnica arrugada que se asoma desde el cierre de la mochila, si las manos con las que acaricio a su perrita.
Ya aburrida de esta vieja que no sabe jugar, no sabe ni hablar, la perra se baja del banco de un salto. La señora se agacha y agarra la correa. Con la punta de los dedos, como si la perra le hubiese hecho pichí arriba o algo...
Se vino la noche. Las luces todas prendidas dibujan un caminito lleno de curvas, bordeando el agua, como para no mojarse.
Me paro y exprimo los bolsillos. Los diecisiete pesos en la mano. A esperar el ómnibus. Esperar que la suerte me deje algún asiento libre donde poder pegar una cabeceadita antes de llegar a casa.


0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada